La Leyenda del Amante de la Orquídea Negra

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La Leyenda del Amante de la Orquídea Negra

Siempre tomé las mismas rutas para ir a donde tuviera que ir. Siempre con prisa.

Un día, por azares del destino, tuve una catarsis que me incitó a disfrutar más de la vida, a correr riesgos y a probar cosas nuevas. La mayoría de las veces fueron sorpresas bastante agradables. Fue así como tomé una de las mejores decisiones de mi vida; desviarme de mi ruta habitual y cruzar un parque público que se encontraba cerca.

Esta vez vería como si fuera nuevo lo que un día fue normal. Caminé más lento que de costumbre e intenté reparar en cada detalle de todo lo que encontraba en mi camino. Fue cuando la vi por primera vez que no pude seguir prestando atención a nada más. Ahí estaba, sin ningún árbol o arbusto cerca, sólo rodeada de pequeñas orquídeas de todos los colores como si la estuvieran admirando, tal vez envidiando. Un largo tallo con apenas un par de hojas muy estilizadas y coronado por pétalos de un negro brillante pero que a la vez se notaban tersos y suaves.

Sólo pude quitarles la vista de encima por el gran pétalo inferior color rojo carmín que me hipnotizaba. Era la orquídea negra más hermosa que jamás había visto. Me quedé contemplándola un buen rato, realmente no quería separarme de ella y pensé en cortarla y llevarla conmigo. La estaría condenando a un marchito final así que esa opción estaba fuera de la discusión. Pensé entonces en quedarme y cuidarla por siempre. Pero entonces sería yo el condenado a un marchito final. En mi desesperación, recé, rogué que hubiera algo que me permitiera ser parte de su vida.

Recibí respuesta de un viajero; su nombre, Viento.

—Renuncia a esa obsesión —me dijo—. Ven conmigo y verás que como ella hay miles.

No le creí, era imposible. Tal belleza debía ser única.

—Quiero pertenecer a ella como la sangre de mis venas me pertenece y me da vida.

—Tal vez tengas una opción murmuró el viento a mi oído.

Comencé a sentirme libre de mí mismo, sin forma, sin identidad, sin límites. Era uno de los últimos días de primavera por lo que no hacía mucho calor, pude comulgar con la tierra sin que el sol evaporara mi nueva esencia. El viento me había transformado en agua. Ya en la tierra sólo tuve que acercarme a mi amada orquídea para que me absorbiera y nos fundiéramos en un solo ser.

Es cierto que tuve que renunciar a todo, es cierto que terminó por devolverme a la tierra. Pero también es cierto que a partir de ese momento pude verla cada que mi voluntad así me lo demandara. Sólo tenía que subir al cielo y en forma de nube el viento me llevaría con ella. Podía así protegerla del inclemente sol de medio día o dejar caer un rayo sobre aquel que intentase causarle algún daño. Si comenzara a marchitarse, me inmolaría en forma de agua una vez más para volver a llenarla de vida.

Con el tiempo descubrí que el viento tenía razón y como ella había otras. Pero para mí yo siempre sería de ella y ella siempre sería mía; mi orquídea negra.

Javier Maldonado

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